| Asquerosamente infame
califica diario Granma los sucesos durante el encuentro de Elián con las abuelas La Habana, enero 27.- Granma
publicó ayer amplia información de todo lo relacionado con el segundo viaje de las
abuelas de Elián a Miami para tratar de reunirse con su nieto. Pese a obstáculos,
irregularidades, indiscreciones, mentiras y engaños de todo tipo, las valientes mujeres
tomaron el avión con rumbo hacia Miami, cuando aún estaban pendientes de respuesta
importantes cuestiones planteadas al Departamento de Estado y al INS.
Como se publicó ayer y se informó a las agencias
internacionales, en el mensaje del padre, los abuelos y la bisabuela de Elián, enviado
desde Cuba a las abuelas antes de que partieran de Washington, se decía en su primer
párrafo: "Les van a llevar un teléfono celular por la mañana. Las vamos a llamar
una hora después que estén con el niño en Miami. Si no podemos comunicarnos con ustedes
a esa hora, entonces ustedes llaman. Porque queremos hablar con el niño allí cuando
esté con ustedes enteramente libre." No había secreto alguno. Lo conocían millones
de lectores y televidentes. ¿Quién podría cuestionar tan humano y elemental derecho?
A pesar de que prácticamente al llegar a Miami no se
había resuelto ninguno de los problemas pendientes, los familiares más allegados
residentes en Cuba las llamaron al aeropuerto de Opa-Locka, minutos después de llegar,
para analizar la situación y, no obstante la forma humillante en que fue concebida la
reunión con el niño, el propio padre de Elián, en nombre de todos los familiares,
apoyó el criterio de las abuelas de presentarse en la residencia escogida por el INS,
propiedad de una monja que es rectora de la Universidad Barry de Miami. La gran esperanza
de que toda la familia se comunicara con el niño, mientras se encontraba con las nobles
abuelas, fue factor fundamental en la decisión.
Trasladadas en helicóptero a las 5:15 de la tarde,
ingresaron con gran dignidad en la lujosa mansión. Dos monjas, el responsable de la
seguridad y otras autoridades las esperaban. La monja rectora las acompañó a una
habitación en el piso superior, donde recibirían al niño. La señora Campbell las
acompañó hasta allí. De inmediato la sacaron de la residencia.
Ocurrieron después dos cosas insólitas: Una señora
rubia entró en la habitación llevando a Elián de la mano. Del otro lado lo acompañaba
una monja. Según lo acordado, dos monjas lo llevarían al encuentro con las abuelas. El
niño se lanzó en brazos de Mariela, que en medio de la emoción no se dio cuenta de
quién había entrado con él en la habitación e incluso permaneció unos minutos hasta
que Raquel se da cuenta. Era nada menos que la ya famosa e histérica Marisleysis, muy
conocida por sus diatribas e insultos contra la verdadera familia de Elián que reclama al
niño, hija de Lázaro, el tío-abuelo que en complicidad con la mafia
contrarrevolucionaria se responsabilizó con el monstruoso y traicionero secuestro. Era
una verdadera provocación. Mariela ordenó su retirada inmediata de la habitación.
Algo todavía más grosero ocurre aproximadamente
veinte minutos más tarde. La familia, impaciente, llama a Mariela al número
correspondiente de su celular. Juan Miguel saludó feliz a la madre, pasa luego el
teléfono dos minutos a su padre, el abuelo Juanito, y de inmediato le ponen al niño al
que saluda con particular emoción, y comienza ya un paternal diálogo con su pequeño
hijo ausente. De repente, una monja abre la puerta de la habitación y les dice a las
abuelas que no podían hablar por teléfono. Un policía les ordena entregarlos. Cada una
de las abuelas pone en sus manos el que llevaba consigo. La conversación se interrumpe.
Por el celular con que estaba hablando Mariela, sin duda activado todavía, Juan Miguel
continuó escuchando voces de hombre en inglés. Es fácil imaginarse la amargura y el
trauma familiar que produjo aquello.
Informados de lo sucedido, se movilizan de inmediato
varios compañeros. En coordinación con Remírez, jefe de la Oficina de Intereses de Cuba
en los Estados Unidos, se sucedieron incesantes llamadas a Shapiro, jefe del Buró Cuba
del Departamento de Estado; a Wendy Sherman, consejera principal del Departamento de
Estado, y a Vicki Huddleston, Jefa de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba.
Remírez llama también a personalidades amigas en Washington. A través de Josefina
Vidal, funcionaria de nuestra Sección de Intereses que permaneció en el aeropuerto con
un celular, se le solicitó a la señora Campbell pedir una explicación a la monja
rectora y al responsable principal del INS en el lugar del encuentro. Se realizaron y
reiteraron sucesivas y urgentes llamadas. No se podía perder un minuto para tratar de
restablecer la comunicación con las abuelas y el niño. Se insistía en que lo ocurrido
era un acto de crueldad injustificable. Shapiro no sabía nada, la señora Wendy Sherman
tampoco. Investigarían. La Meissner igualmente ignoraba todo sobre el asunto. Otro tanto
dijo Vicki Huddleston. La monja rectora alegó que los teléfonos no habían sido objeto
de negociación curioso argumento sobre algo elemental que jamás fue mencionado por
nadie. Más adelante, del Departamento de Estado llegó la explicación de que no hubo
prohibición, sino un problema técnico del celular, que estaba siendo rápidamente
reparado. Los familiares veían pasar el tiempo desesperadamente como una carrera contra
el reloj.
Eran ya casi las 7 de la tarde, cuando Shapiro, Wendy
Sherman, Doris Meissner y Vicki Huddleston informaron, en Washington a Remírez y al
compañero Alarcón en La Habana, que teníamos la razón, y de una u otra forma
coincidían en que era una injusticia, que se les debía dar la oportunidad a las abuelas
de tener una comunicación por teléfono celular o uno directo con la familia en Cuba. La
monja dominica, que preside la mencionada Universidad de Miami, en cuya residencia
"neutral" se produjo la reunión, y el jefe responsable allí del INS, decían
mentiras tras mentiras y no acertaban a dar una explicación coherente y lógica de
aquella acción incivilizada y cruel.
Veinte minutos después de las siete, el padre, Juan
Miguel, y el tío Tony, los abuelos, la bisabuela y otros familiares de Elián, ansiosos
de comunicarse con él, escucharon por un canal norteamericano que la reunión había
concluido.
En brevísima conversación, las abuelas, a la salida
de la famosa residencia que fue cárcel y aislamiento para ellas, informaron que los
celulares les fueron ocupados por un policía como algo prohibido. En numerosas ocasiones
fueron interrumpidos por constantes entradas y salidas de personas aparentemente a su
servicio, que llevaban jugos, meriendas y otras chucherías. Percibieron algo intencional
y organizado, por los mensajes melosos que en nombre de familiares radicados en Miami, de
dudosas actitudes con relación a la mafia contrarrevolucionaria, trataban de hacerles
llegar.
La forma en que se puso fin a la reunión de las
abuelas con el niño fue igualmente dura y desagradable. La señora rectora penetró
repentinamente en la habitación, y en tono perentorio declaró que la reunión había
concluido. Apenas contó con hora y media de tiempo neto.
Antes de que las abuelas partieran de Washington, el
señor Shapiro, al preguntársele sobre la hora adicional solicitada por la familia, le
había asegurado a nuestra Oficina de Intereses que las abuelas de Elián y el niño
dispondrían de tiempo indefinido. Todo el que ellas y el nieto desearan.
Elián les dejó gratificador y entrañable recuerdo.
Las besó cariñoso desde el primer instante, vio el álbum de fotos suyas y familiares
que le llevaron y él hojeó con gran interés, haciéndoles comentarios y preguntas, los
dibujos de sus compañeritos de aula dedicados a él, crayolas, un payaso de tela con tres
pinceles para pintarlo, cuadernos de caligrafía y matemática de primer grado, y un
librito de aventuras de Elpidio Valdés que el niño pidió a su abuela Raquel se las
leyera, como tantas veces hizo cuando vivía con ella.
Mariela contó que, al despedirse con un abrazo para el
padre y para ella, el niño la apretó tan duro durante largo rato, que creía que le iba
a romper el cuello.
Engaños, mentiras, trampas, traiciones, humillaciones
y un trato inhumano y despótico, fue el precio que el Miami de la mafia cobró en su
guarida de La Pequeña Habana a estas abuelas tan amorosas como heroicas, por los éxitos
alcanzados ante el pueblo norteamericano con sus convicciones profundas, su bondad, su
inteligencia natural y su increíble valor.
Lo que aquí se ha dicho no es más que una breve
síntesis de lo ocurrido. Mucho falta todavía por decir. Esperemos lo que cuenten la
prensa y las propias abuelas. |